Irán puede ser el fin de la carrera belicista del Imperio y sus aliados

Ahmadinejad durante una intervención en el parlamento iraní

La amenaza del fuerte casi siempre culmina en la agresión y con la derrota del débil, pero, cuando a éste le asiste la razón, dignidad y voluntad de lucha en defensa de sus derechos, la suerte suele cambiar y se convierte en vencedor, como lo demuestra el final de tantas guerras en las que el poderoso fue derrotado por pueblos débiles pero heroicos como los de Corea, Cuba, Vietnam, Irak y Afganistán.

Esas lecciones de la historia, a pesar de haberle sido leídas tantas veces y sufridas en carne propia, parecen que no han sido aprendidas por EE UU, ya que, soberbio y prepotente, insiste en seguir agrediendo pueblos basado en la fuerza que posee como el imperio más poderoso que jamás haya existido en el mundo, por lo que hoy ha decidido agredir y destruir a la revolución de Irán, un proceso que jamás ha atacado a nadie, y que sólo ha sido víctima de agresiones.


Por eso, cuando hoy EE UU amenaza con invadir al país persa y sus tropas toman posiciones de combate frente a su territorio, anunciando que la opción militar está sobre la mesa, y es inminente el estallido de una guerra para destruir un proceso revolucionario erigido a costa de sudor, lágrimas y sangre por el pueblo y sus líderes, el Imperio no ha tomado en cuenta que estaría por escribirse otro capítulo de la historia donde el fuerte es derrotado por el débil.

Y es que todas las revoluciones han sido y son víctimas de guerras y conspiraciones desatadas por potencias que explotaron a sus pueblos y saquearon sus riquezas apoyadas por las oligarquías criollas que perdieron sus obscenos privilegios una vez que sus pueblos se rebelaron y pusieron fin a su dominio, como sucede hoy con la Revolución de Irán, acosada por EE UU y sus secuaces de Israel y de Europa, dispuestos a recuperar el cuantioso botín que un día conquistaron a sangre y fuego.

La historia muestra cómo ha sido de implacable y brutal la reacción de los poderosos contra los pueblos revolucionarios y sus líderes de América Latina, el Caribe, Asia y África que en los últimos cien años decidieron poner fin al yugo que los ataba al poder de los tiranos y a las metrópolis que siguieron saqueando sus recursos naturales a pesar de haber logrado una primera independencia, ya que volvieron a caer bajo su dominio, traicionados por Judas criollos y abatidos por la fuerza de las armas del nuevo Imperio y sus aliados.

Pero hay otros como China, Cuba, Angola, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Venezuela e Irán que, pese de la bestial ola de conspiraciones, sabotajes, bloqueos y guerras desplegadas desde Washington, las capitales europeas y por la servil quinta-columna, han sobrevivido a la ofensiva, y siguen luchando por alcanzar su definitiva libertad e independencia, mientras que el país persa ha sido escogido como el próximo trofeo a recuperar por esos saqueadores de pueblos.

Y es que el Imperio y sus aliados no le perdonan a la República Islámica de Irán, el haber construido un nuevo país, sobre las ruinas que dejaron décadas de explotación de su riqueza; el baño de sangre que desató sobre el pueblo el criminal Reza Pavelevi; la guerra de ocho años lanzada por Irak y que cobró las vidas de más de medio millón de iraníes, miles de ellos víctimas de las armas químicas que Washington le suministró a Bagdad, su aliado de entonces.

Como no pudieron lograrlo con todos esos y otros métodos perversos (como el apoyo de la oligarquía que sobrevivió al Sha, y que conspira internamente) vencer la resistencia de sus líderes y su pueblo, ahora acuden a otra pérfida maniobras, cual es la de acusar al pacífico proyecto de desarrollo nuclear iraní, de estar dirigido a fabricar armas nucleares, dándolo un plazo perentorio para suspenderlo y, en caso contrario, atacarlo.

Fidel Castro, sabiamente ha advertido del peligro que significaría un ataque militar contra Irán, destacando que encendería la mecha de un holocausto nuclear, una locura que sólo Barack Obama, podría evitar, si reflexiona sobre sus consecuencias que serían la destrucción casi total del planeta y de casi todo vestigio de vida sobre la tierra.

Sería una tragedia más, sólo que inmensamente superior a todas las sustentadas por el andamiaje de mentiras que el Imperio utiliza desde hace más de un siglo como pretexto para justificar sus guerras de conquista, como la farsa de la explosión del Maine, la del incidente del Golfo de Tonkin, la de las armas de destrucción masiva en poder de Irak, y tantas otras esgrimidas por Washington contra aquellos pueblos y gobiernos negados a convertirse en sus vasallos.

Sólo que el pretexto que EE UU y su lacayo, el Estado sionista de Israel han escogido como para acusar y atacar a la Revolución de Irán, es tan falso como absurdo, pues carece de autoridad moral, porque el Imperio, es dueño del mayor arsenal nuclear del planeta, capaz de destruir al mundo en menos de una hora, e Israel, una potencia atómica que se niega a declarar lo que todo el mundo sabe: que posee centenares de ojivas nucleares.

El secreto atómico del Estado sionista fue puesto al descubierto en 1986 por el pacifista y físico nuclear israelí Mordechai Vanunu, quien dio a conocer la existencia del programa nuclear de ese país a un diario británico aportando reveladoras fotos que permitieron comprobar su existencia, negada siempre por el régimen, hasta que el primer ministro Ehud Olmert en un lapsus involuntario admitió ante la prensa que Israel es una potencia nuclear.

Sin embargo, Israel, por contar con el apoyo incondicional de EE UU que le ha permitido perpetrar impunemente invasiones, masacres, abordajes y otros crímenes de lesa humanidad a lo largo de sus sesenta y dos años de ilegal existencia, amenaza junto con su amo, con atacar a Irán para destruir las instalaciones donde se desarrollan el programa nuclear que la misma inteligencia yanqui ha comprobado que es pacífico.

Se trata, de “ la doble moral que según denuncian Noam Chomsky y Fidel, aplica EE UU sobre el tema nuclear, porque, mientras pretende impedir a Irán su desarrollo pacífico, prohíja a Israel y a otros países que sí tienen armas nucleares.

Es tan obscena esa prohibitiva posición imperial, que EE UU olvida que hace 53 años, cuando su lacayo, el déspota y asesino Sha gobernaba en el país persa, Washington auspició el desarrollo de un programa de energía nuclear, donándole un reactor de 5 megavatios operado con uranio altamente enriquecido, el cual entró en operación en 1967 en el marco de un proyecto conjunto que contemplaba la construcción para el año 2000, de 23 estaciones de energía nuclear en todo el país.

La Revolución de los Ayatolas, liderada por Jomeini, acabó en 1979 con los sueños de Pahlevi y del Imperio y aquel plan que conduciría la construcción de armas nucleares, fue sustituido por un proyecto pacífico orientado a suministrar energía eléctrica abundante y barata al pueblo iraní, por un gobierno que jamás ha atacado a nadie, y que sólo ha sido víctima de conjuras y de guerras como la que hoy pretende desatar EE UU junto con su lacayo sionista.

Pero, si el Irán revolucionario ha sobrevivido a la violencia, destrucción y muerte que sobre su pueblo han desatado en las últimas tres décadas EE UU y sus aliados, ansiosos y desesperados por recuperar el botín perdido, hoy más que nunca está dispuesto y preparado para enfrentar una nueva guerra, aun que, como advierte Fidel, sería la última que se libre sobre el planeta pues la locura belicista del Imperio terminaría haciendo desaparecer todo vestigio de vida en la tierra.

Ojala Fidel, como él mismo espera, se equivoque y el holocausto que predijo basado en el razonamiento lógico, anunciando la inminencia de un conflicto bélico tras observar el tenebroso escenario montado por EE UU en el Golfo Pérsico, sobre cuyas aguas “soplan vientos de guerra” con la presencia de una poderosa flota militar yanqui-israelí dispuesta a atacar a Irán, no llegue a hacerlo, ya que ello, no sólo significaría el fin del Imperio sino el de la humanidad entera.

Por Hernán Mena Cifuentes.

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