Una lucha continental

Medio siglo y aún mucho por recuperar

Los movimientos independentistas africanos comprendieron que su gesta trascendía las fronteras nacionales. El imperialismo: el enemigo común

2010 es un año especial para África, pues marca el cincuentenario de su proceso de descolonización. Aunque entre 1952 y 1956 Egipto, Libia, Túnez y Marruecos obtuvieron su independencia, y desde 1954 los argelinos peleaban contra la metrópoli francesa, 1960 fue reconocido por la ONU como el Año de la Descolonización de África, pues a partir de entonces se insuflaron con mucha más pujanza los movimientos nacionalistas.


En medio de la tensa Guerra Fría, un total de 17 países de los 54 del continente alcanzaron su independencia ese año. Atrás comenzó a quedar el ignominioso pasado colonial, que se inició con la Conferencia de Berlín, celebrada en la capital alemana entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, cuando las potencias imperialistas definieron sus zonas de influencia y se repartieron esa gran región, tan rica en recursos naturales y humanos.

No obstante, desde su llegada a esas tierras el colonizador blanco encontró a un pueblo resistente que luchó por no doblegarse ante el yugo.

Con el debilitamiento del sistema colonial tras la Segunda Guerra Mundial, el referente del socialismo de la extinta URSS, y el cada vez mayor expolio de los recursos naturales, los movimientos independistas africanos comenzaron a ganar en organización. Así, los primeros países que obtuvieron su independencia fueron del Norte, y lo hicieron entre 1952 y 1956: Egipto, Libia, Túnez y Marruecos. En 1954 comenzó la revolución argelina, uno de los más violentos procesos emancipatorios en el continente, que quebrantó a una poderosa Francia.

No fue hasta 1957 que un país del África Subsahariana, Ghana, logró su independencia, convirtiéndose en la voz del nacionalismo africano. También, en 1958, el Partido Democrático Guineano, de Sékou Touré, se negó a integrarse a la Comunidad francesa —una especie de autonomía propuesta por París a sus colonias— y declaró la independencia de Guinea.

La idea de la liberación comenzó a estallar en toda la región como pólvora, y a partir de 1960, Congo Belga (República Democrática del Congo), Camerún, Togo, Malí, Senegal, Madagascar, Somalia, Dahomey (Benin), Níger, Alto Volta (Burkina Faso), Costa de Marfil, Chad, República Centroafricana, Congo-Brazaville (República del Congo), Gabón, Nigeria y Mauritania rompieron sus cadenas con las metrópolis. La reacia oposición de las autoridades coloniales a la idea de la libertad solo tuvo como respuesta la rebeldía de los movimientos nacionalistas, por lo que algunas potencias prefirieron ceder a los pedidos de sus enclaves coloniales, pues calcularon de manera muy inteligente, que de esa forma mantendrían cierta influencia política y económica sobre los nuevos Estados.

Pero en aquellos países donde la negociación política no funcionó, la solución fue la lucha armada, como ocurrió en los casos de las colonias portuguesas Angola, Cabo Verde, Guinea Bissau y Mozambique, que se independizaron entre 1974 y 1975, luego de varios años de violenta guerra.

Gran parte del éxito de las gestas africanas se debe a la emergencia de líderes que dotaron a sus movimientos de un programa político y una autoridad moral que les ganaron el apoyo de las masas. Entre ellos, Gamal Abdel Nasser (Egipto); Kwame Nkrumah (Ghana); Sékou Touré (Guinea), Amílcar Cabral (Guinea Bissau), Patricio Lumumba (Congo Belga) y Julius K. Nyerere (Tanzania).

La Conferencia de Bandung, celebrada en 1955, fue un gran impulso al proceso de descolonización. En esa reunión los Estados asiáticos y africanos participantes buscaron favorecer la cooperación económica entre ambos continentes, así como el apoyo al resto de las naciones que luchaban contra el colonialismo y el neocolonialismo. En la Conferencia también hubo una unánime condena al sistema racista del apartheid.

Después de la independencia

Los líderes antiimperialistas del continente comprendieron rápidamente que la lucha no acababa con la independencia dentro de las fronteras. El propio Lumumba estaba convencido de que la liberación del Congo marcaba «un paso decisivo hacia la liberación de todo el continente africano».

También existía la convicción de la necesidad de llevar a cabo una revolución social e impulsar la unión de todos los Estados africanos. Una vez que su nación fue independiente, el ghanés Kwame Nkrumah, uno de los principales exponentes de esta línea de pensamiento, se planteó entre las necesidades más urgentes la abolición de la pobreza, el analfabetismo y la mejora del sistema de salud, entre otros males sociales que habían aquejado históricamente a África y otros países subdesarrollados. Y llegó mucho más lejos cuando planteó como única vía para cumplir con el compromiso contraído con el pueblo, la puesta en práctica de la experiencia socialista, pues la propiedad pública sobre los medios de producción y el control sobre la tierra y los recursos, permitirían fiscalizar los ingresos y ponerlos en función de la satisfacción de las necesidades de su pueblo, reconocía.

Por su parte, el guineano Ahmed Sékou Touré estaba claro de la naturaleza de su movimiento, cuando estableció la interdependencia entre dignidad y libertad. En función de una revolución que irradiara en todo el continente, este líder ofreció su retaguardia para el movimiento guerrillero en Guinea Bissau.

En su capital, Conakry, Amílcar Cabral y otros importantes líderes del Partido Africano para la Independencia de Guinea Bissau y Cabo Verde (PAIGC) —el movimiento independentista más fuerte de las colonias portuguesas y uno de los más hábiles para garantizar la unidad nacionalista y establecer estructuras políticas en zonas liberadas—, encontraron lo que pudiera considerarse su cuartel general. Fue precisamente en esa urbe donde Cabral se reunió con el Che, y estableció su primer vínculo con la Revolución Cubana, que garantizó el inicio de la ayuda de la Mayor de las Antillas a la contienda del PAIGC.

Este movimiento había iniciado la lucha armada en 1963, después de tres años de intenso trabajo político del país, y dos años después controlaban la tercera parte de Guinea Bissau, representando un fuerte desafío para los 20 000 soldados portugueses. Amílcar Cabral fue un gran comandante militar, lo cual no solo le ganó el respeto de los independistas, sino también el de los efectivos de la metrópoli.

A medida que las naciones africanas fueron conquistando su independencia emergieron como Estados con voz y voto en los diferentes foros internacionales y multilaterales, donde han patentizado su anticolonialismo y su condena a la injerencia de Occidente en los asuntos internos de los países del Sur.

La mano amiga de Cuba

Aunque Cuba no participó en los primeros procesos emancipatorios, desde los primeros días de su Revolución brindó respaldo político a todo país del continente africano que luchara por su independencia o por la conservación de esta.

La voz de la Mayor de las Antillas retumbó en las Cumbres de Países No Alineados, la ONU, y otros foros internacionales para condenar el colonialismo y el régimen del apartheid en Sudáfrica y sus ansias hegemónicas.

En 1963, cuando Argelia ya era libre, llegó el primer contingente de médicos que abrió la historia de la cooperación cubana en materia de salud en ese continente. El apoyo militar arribó en 1963 a Argelia ante la amenaza de invasión por parte de Marruecos, que contaba con el espaldarazo del imperialismo estadounidense, deseoso de convertir a la monarquía de Rabat en un fortín contra la joven revolución y el presidente Ben Bella. En plena asamblea de constitución de la Organización de la Unión Africana (OUA), este líder electrizó a los presentes en Addis Abeba con su llamado a la lucha de liberación de toda África.

También, después del asesinato del primer ministro del Congo Belga (hoy República Democrática del Congo), Patricio Lumumba, por orden de la CIA y el Gobierno estadounidense, un pequeño grupo de combatientes cubanos, dirigidos por el Che, llegó a ese país de África Central con el objetivo de instruir y fortalecer el movimiento de liberación y lograr un frente único contra la recolonización. La idea del Guerrillero Heroico no era solo la de lanzar una lucha dentro de las fronteras congolesas, sino propagar la llama de la emancipación hacia todo el continente, contra el enemigo común y omnipresente: el imperialismo.

Cuba también ayudó a la preservación y defensa de la independencia de Angola y su integridad territorial. El rápido apoyo a las FAPLA, de Agostinho Neto, impidió que esa hermana nación cayera en manos de un Gobierno títere del imperialismo y del apartheid, encabezado por el FNLA o la UNITA.

La batalla de Cuito Cuanavale (15 de noviembre de 1987–23 de marzo de 1988), planificada por Fidel desde La Habana, dio un vuelco a la historia de África, pues desarticuló el poder de la dictadura blanca en la región austral. Las fuerzas del apartheid tuvieron que abandonar el territorio angolano, permitiendo la liberación definitiva y el disfrute de la paz, e impulsó la independencia de Namibia y el fin del régimen segregacionista en Sudáfrica.

Sobre estos lazos históricos descansan las relaciones entre esta Isla solidaria y los pueblos de África, que cada año cierra filas en bloque para condenar en la Asamblea General de la ONU, la guerra económica de EE.UU. contra nuestro país.

La celebración del XVII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Sudáfrica, a fines de este año, será un espaldarazo a este continente que hoy busca consolidar su verdadera independencia… y una satisfacción para la pequeña Isla que no deja de apostar al bienestar de sus hermanos al otro lado del Atlántico.

Por Jorge L. Rodríguez González.

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