Fútbol un negocio por encima de la ley

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Negociete de distracción masiva

La Copa Mundial de la FIFA, presentada y sentida masivamente como una disputa entre países que ponen en juego la honra nacional, es un negocio privado, controlado por pequeños grupos de personas que explotan el patriotismo y fomentan rivalidades en su mercadeo.


La advertencia de Arlei Damo, profesor de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), identifica características “mafiosas” en la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociado), que “monopoliza” este deporte profesional en el mundo agrupando las federaciones nacionales y regionales.

Se trata de “un cuerpo cerrado que no brinda cuentas a nadie” y no permite que se conozca cuánto gana con este torneo mundial, que se realiza cada cuatro años, ni el destino de tanto dinero, señaló Damo a IPS. Dicta reglas, tiene su propia justicia y no acepta que sus miembros recurran a los tribunales de los países.

Graduado en educación física y doctorado en antropología social, Damo ya tiene tres libros publicados sobre fútbol y se suma a una creciente cantidad de investigadores académicos que estudian ese deporte.

La extraordinaria capacidad de movilización del fútbol no se debe al deporte en sí mismo, “un juego sin sentido, de narrativa fragmentada”, sino al hecho de ser un poderoso “bien simbólico” y recurrir a mecanismos de adhesión, como el nacionalismo y el “clubismo”, según el antropólogo.

Las multitudes que van a los estadios o se emocionan con el campeonato mundial no lo hacen por el deporte, sino para apoyar su club o la selección que se hace símbolo de la nación, observó. El patriotismo capturado hace que mujeres y muchos que “no entienden” ni aprecian el fútbol se vuelvan hinchas fervorosos.

Las rivalidades son un elemento clave. La adhesión a un club, en Brasil determinada por influencia de un “pariente consanguíneo” masculino en 80 por ciento de los casos, tiene que ser definitiva como la familia, la infidelidad se penaliza con un estigma social.

La selección de este país, como las del resto del mundo, no es un equipo del país sino de la Confederación Brasileña de Fútbol, un ente privado que no responde al Estado ni a la población, cuyos rumbos son decididos por algunos clubes poderosos, destacó Damo.

La FIFA explota la ambigüedad y una cierta creencia de que se trata de una institución multilateral, intergubernamental, aunque sea privada. Se vanagloria de tener más miembros que la Organización de Naciones Unidas -208 frente a 192– y no permite extranjeros en una selección, sólo nativos o naturalizados, para no perder el poder atractivo del nacionalismo, acotó Damo.

Ese cuadro institucional, sin control del Estado y la sociedad, favorece la corrupción que denuncian periodistas como el escocés Andrew Jennings.

No por casualidad que la sede de la FIFA está en Suiza, cuya legislación flexible permitió la impunidad en un caso de sobornos denunciado por Jennings, involucrando propinas ofrecidas por ISL (International Sport and Leisure) que negociaba derechos televisivos y publicidad de la federación mundial.

En las organizaciones que comandan el fútbol en todo el mundo suelen eternizarse los dirigentes, otro hecho propicio a la corrupción. La FIFA fue presidida de 1974 a 1998 por el brasileño João Havelange, que antes dirigió la Confederación Brasileña por 16 años.

Pero el éxito “inexplicable” del fútbol en todo el mundo, haciéndose el deporte preferido en la mayoría de los países donde penetró, lo pone por encima de esos problemas, según Simoni Lahud, antropóloga de la Universidad Federal Fluminense, de Niteroi, ciudad vecina a Río de Janeiro.

Esa expansión global del fútbol, un triunfo que legitima el poder de la FIFA, generó por todos lados una “pasión popular” que le resta repercusión a la corrupción e interferencias del comando futbolístico en decisiones nacionales, como la construcción de estadios, la forma de organizar la Copa Mundial, explicó.

En un “mundo transnacionalizado”, los deportes se constituyeron en “uno de los pocos lugares para la representación nacional”, especialmente en Brasil, donde “la nación tiene pocas vías de expresión” y por eso “pone todas las fichas en el fútbol”, según la investigadora.

Argentina tiene una situación distinta, con el nacionalismo manifestándose en muchas áreas, como la política y conflictos territoriales, en consecuencia allí la “pasión de los clubes” es tan fuerte como por la selección nacional, sostuvo.

Las diferencias se reflejaron en la distinta forma de reaccionar ante el fracaso en la actual Copa Mundial, en Sudáfrica, acotó. Mientras los argentinos recibieron “con fiestas a su selección” pese a que debió dejar la competencia tras ser goleada cuatro a cero por la selección de Alemania, los brasileños reaccionaron “con piedras” contra sus jugadores, derrotados en cuartas de finales por Holanda por dos goles contra uno.

Curiosamente ese nacionalismo pegado al fútbol en Brasil “nació de una derrota”, cuando perdió el partido final de la Copa Mundial de 1950 frente a Uruguay por dos goles contra uno, recordó Lahu.

El trauma nacional, tras el triunfo del pequeño vecino país que echó por tierra con el amplio favoritismo brasileño, marcó a la sociedad de este país y, posiblemente por eso, triunfar se hizo una obsesión nacional.

El fútbol, de todas formas, se hizo tan importante para la vida de miles de millones de seres humanos y un negocio tan gigantesco, que su gobernanza tiende también a atraer la atención no solo de investigadores académicos.

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, por ejemplo, sugirió limitar el tiempo de mandato presidencial de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) a ocho años, como hacían los sindicatos bajo su dirección en los años 70.

Ricardo Teixeira, ex yerno de Havelange, preside la CBF desde hace 21 años. Y el suizo Blatter comanda la FIFA desde 1998.

Por Mario Osava.

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