El consumo de cocaína en el barrio financiero de Londres ha crecido un 25% con la crisis

Opulencia, capitalismo y degeneración

Son las 12 del mediodía de un jueves y en la iglesia de Saint Michael, en el barrio financiero de Londres, se celebra el llamado City lunch. Entre los asistentes hay hombres con traje de raya diplomática y mujeres con collares de perlas y discretos conjuntos de falda o pantalón. Son abogados, empleados de banca o trabajadores de la Bolsa. Están allí, aprovechado la pausa del almuerzo, para participar discretamente en una reunión de Cocaína Anónimos.

Alcohol y coca siempre han formado parte de la cultura de los que manejan cifras astronómicas y tienen sueldos de oro. Pero la crisis ha agravado el problema. El consumo de cocaína en la City se ha incrementado en un 25% a causa de la recesión, según Don Serratt, un antiguo empleado de un banco de inversiones que ahora dirige la clínica para adictos Life Works.


Cientos de trabajadores en el sector financiero, afirma Serratt, están echando mano de las drogas para soportar la ansiedad de los despidos o el recorte de las gratificaciones. «Un adicto con ansiedad, cuanto más ansioso se siente, más cocaína toma. Y cuanta más coca toma, más ansioso se siente», explica. Serratt acusa a las compañías financieras de hacer la vista gorda, porque el consumo no afecta directamente al trabajo de los empleados.

Algunas firmas, sin embargo, han empezado a tomar medidas. «El problema es tan grave que ciertos empleados de la City han de someterse a controles de drogas y alcohol hechos al azar», afirma un portavoz de la oenegé DrugScope.

El pasado febrero Melvin Sabour, director ejecutivo de la inversora AKN Investments Ltd, murió de una sobredosis. Su novia lo encontró inconsciente en el apartamento que compartían en el lujoso barrio de Mayfair. Una dosis letal de cocaína paró su corazón. Sabour tenía 44 años. Meses antes, Darren Liddle, un excelente matemático de 26 años al servicio de Credit Suisse, se tiró desde el piso 17 del Hotel Hilton, en Park Lane, después de vaciar el minibar de su habitación y pasar la noche esnifando coca.

Stephen Crump, de 41 años, ahora rehabilitado, no terminó en la morgue, pero sí ante el juez. Trabajaba como corredor de bolsa y ganaba unas 250.000 libras (unos 277.000 euros) al año cuando fue detenido por una policía de paisano a la que ofreció unas rayas en el bar Mr. Pickwicks de Whitechapel. Crump había empezado a trabajar en la City cuando tenía 17 años y tuvo a mano la droga desde el primer día. «La presión era inmensa y todo el mundo estaba consumiendo. Se podía oír a la gente esnifando en los lavabos», explica. «Empezábamos a trabajar a las 6.30 de la mañana. La primera línea caía hacia las 11.30, y así seguíamos hasta las 2 de la madrugada», añade. Él llegó a gastar 400 libras diarias (unos 443 euros) para mantener el subidón.

A 40 libras (44 euros) el gramo, cuando en 1997 estaba a 70, el Reino Unido es según su Ministerio del Interior el mayor consumidor de cocaína de Europa. Se estima que un millón de británicos la tomaron el pasado año. «La cocaína es un problema enorme en Londres, donde existe un negocio muy bien organizado. Ha adquirido las dimensiones de una epidemia», afirma Peter South, responsable del grupo de Scotland Yard que lucha contra la distribución de droga en la capital. «Hay más policía dedicada a luchar contra la cocaína que contra la heroína y otras drogas», explica.

El psiquiatra Philip Hopley ha instalado su consulta en plena City, en el edificio de la aseguradora Lloyds. Hopley, que ha visto aumentar su clientela en un 15% este año, trabaja como consejero para las clínicas Priory, frecuentadas por famosos y gente con mucho dinero. Uno de sus directivos, Neil Brenner, confirmó en una reciente comparecencia en la Cámara de los Comunes un aumento significativo de gente de la City que ha acudido a su establecimiento en los últimos tres años.

Los banqueros, advirtió Brenner, tienen más posibilidades de tener problemas con la cocaína que otros profesionales: «El suyo es un trabajo con mucha presión. A menudo empiezan consumiendo una pequeña cantidad, no tanto como una gratificación sino para poder mantener el ritmo». Y el problema, asegura, afecta a toda la escala de los servicios financieros, «desde el director ejecutivo hasta el servicio de cartería».

Por Begoña Arce

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