Los intereses estatales y la falta de criterios sumen a la UE en el caos

El arte del «buitreo»

La presidencia de turno del Consejo de Ministros de la Unión Europea anunció ayer que los jefes de Estado y de Gobierno se reunirán el día 19 para designar los dos cargos institucionalizados por el Tratado de Lisboa: el presidente estable del Consejo Europeo y el jefe del nuevo Servicio Europeo de Acción Exterior. La UE perderá otra ocasión de actuar con transparencia y democracia; lo decidirán en secreto -e improvisando, según parece- durante la cena.


Tocaba al primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt, cuyo país ejerce la presidencia de turno del Consejo de Ministros de la Unión Europea, formalizar la convocatoria de la cumbre, un anuncio que se estaba demorando, porque estaba previsto que el Consejo Europeo extraordinario se celebrara esta misma semana. Pero Reinfeldt no podía aplazar más la cita, porque los Veintisiete ya han decidido que el Tratado de Lisboa entrará en vigor el 1 de diciembre. Para esa fecha, necesitan tener los deberes hechos (al menos, los más visibles). De momento, tal y como reconoció ayer el propio Reinfeldt, la primera ronda de consultas para tratar de consensuar los nombres de las personas que ocuparán el cargo de presidente del Consejo Europeo y de jefe del nuevo Servicio Europeo de Acción Exterior (además del nuevo secretario general del Consejo, puesto técnico que también ostentaba Solana) ha fracasado. El político sueco admitió que tiene más candidatos que cargos sobre la mesa.

Aun presuponiendo que Reinfeldt no dice todo lo que sabe, parece obvio que las consultas telefónicas de estas últimas semanas y las reuniones de los embajadores permanentes no han reducido suficientemente el número de candidatos. Sin embargo, el presidente de turno no puede acudir al Consejo Europeo extraordinario con las manos vacías, lo que le obligará a intensificar las consultas de aquí al 19 para reducir las opciones. En cualquier caso, todo apunta a que la cena de los jefes de Estado y de Gobierno será larga y el propio Reinfeldt admitió que en la misma podrían surgir incluso nuevos nombres.

El primer ministro sueco recordó que debe buscar un equilibrio (para dos puestos) entre familias políticas, países grandes y pequeños, del norte y del sur, este y oeste, así como la cuestión del género. Ese equilibrio es, hoy por hoy, prácticamente imposible, de ahí que en los pasillos comunitarios se dé por hecho que, al final, todo se decidirá por mayoría cualificada (el Tratado sugiere o recomienda que se haga por unanimidad, pero, por «si fuera necesario», estipula la mayoría cualificada como último recurso para desbloquear la decisión).

Déficit democrático

Lo que sí sabemos es que la decisión sobre ambos puestos se tomará al estilo comunitario: a puerta cerrada. Hasta el propio Valéry Giscard d’Estaing, que presidió el último (y fracasado) intento de la Unión por escenificar cierta transparencia cuando lideró la Convención sobre el futuro de Europa que elaboró el borrador del malogrado Tratado Constitucional, ha mostrado su decepción por la enésima oportunidad perdida. La Unión Europea afirma que busca acercarse a los ciudadanos y presenta los dos nuevos puestos desde esa óptica (entre otros factores), pero esas supuestas intenciones chocan con el procedimiento escogido para las designaciones: nadie conoce los perfiles o criterios exigidos o exigibles para los cargos, no sabemos qué condiciones deben cumplir, y el Tratado de Lisboa no lo aclara.

Y lo que sabemos por las declaraciones de unos y de otros es que están improvisando, o que nos están tomando el pelo. Porque es imposible que los Veintisiete no sepan, al menos a estas alturas, si buscan líderes o secretarios, aunque todo apunta, desde luego, a lo segundo.

Lo único que sabemos es que surgen misteriosamente nuevos candidatos (y «no candidatos») mientras pierden gas los que sonaron primero (Van Rompuy tras Blair y Juncker para presidente y D’Alema tras Miliband para suceder a Solana).

El 19, si hay fumata blanca, despejaremos las incógnitas sobre las personas elegidas, pero ni tan siquiera eso nos ofrecerá el retrato completo de los nuevos cargos. Y es que ni tan siquiera podemos anticipar que un candidato de bajo perfil vaya a significar un puesto débil, o viceversa.

Juegos de poder

De lo que ha ocurrido en las últimas jornadas podemos deducir que las decisiones son terreno de juego propicio para que cada cual pruebe de nuevo sus fuerzas en esta precaria Unión a Veintisiete. Sarkozy y Merkel lo hacen desde hace tiempo, especialmente desde que firmaron aquella carta conjunta en víspera de la designación de Barroso a la reelección al frente de la Comisión. Y Polonia ha sido el último en tantear las fuerzas y los nervios del resto, al solicitar que los candidatos sean sometidos a «entrevistas de trabajo» ante los veintisiete líderes. Varsovia no busca convertirse en adalid de la transparencia (de hecho, no pide que esas entrevistas sean públicas), sino reforzar su posición en la «segunda línea» tras los cuatro «grandes» y, de paso, atraer hacia sus posiciones al mayor número posible de «pequeños». Parece haberlo conseguido con Lituania (que copatrocina la idea), Finlandia, Eslovaquia, República Checa, Estonia e, incluso, con Suecia, lo que podría augurar problemas para Sarkozy y Merkel en el delicado y aún incierto nuevo reparto del poder en esta Unión.

Sea como fuere, los Veintisiete comenzarán el próximo jueves a visualizar algunos aspectos del Tratado de Lisboa, pero sólo en la forma, porque siguen sin darle un contenido preciso.

Por Josu JUARISTI

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